No está nada claro que Primoz Roglic se vaya a retirar del ciclismo al término de esta temporada a pesar de que el Red Bull no haya renovado su contrato. De hecho, todo a punta a que seguirá en activo en las filas del Tudor. Haga lo que haga, su última gesta ha tenido mucha carga de homenaje. Los Europeos de Liubliana 2026 estaban organizados para la apoteosis de Tadej Pogacar, el referente de Eslovenia, uno de los mejores deportistas de su historia, quizá el mejor ciclista de siempre. Con Pogacar lesionado, los galones recayeron en el viejo ídolo local, Roglic, que a sus 36 años ha ondeado la bandera con orgullo, con un décimo puesto en la prueba de fondo del pasado domingo y, sobre todo, con un oro en contrarreloj que puso la mejor guinda a los Campeonatos y a su propia trayectoria. Primoz también es una leyenda en su país. Un personaje muy querido. Su palmarés lo merece: cuatro Vueltas a España, un Giro de Italia, un oro olímpico en contrarreloj, una Lieja-Bastoña-Lieja, y múltiples vueltas cortas de prestigio como la París-Niza, la Tirreno-Adriático, el Dauphiné, la Volta a Catalunya, la Itzulia, el Tour de Romandía… Ha perdido la pegada que le hizo fraguar este excelso historial, la edad no perdona, pero mantiene la clase que le ha permitido auparse al podio de la reciente Vuelta y a conquistar el oro continental de contrarreloj. Liubliana estalló con su victoria. A falta de Pogacar, allí estaba Roglic de nuevo al rescate. Quizá recordaron en ese momento que en aquel histórico Tour de Francia 2020, en su penúltima etapa, la mayoría de ellos vivieron con suma tristeza que Pogacar desbancara a Roglic en la cronoescalada de La Planche des Belles Filles, el día que comenzó la leyenda del actual número uno. El delfín destronó demasiado pronto al rey. Los aficionados eslovenos aprendieron luego a querer también a Tadej, ¡cómo no!, pero nunca dejaron de amar a Primoz. Hoy han vuelto a ser felices con Roglic, que saborea una de las victorias más entrañables de su carrera. Sin la sombra de nadie.